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Las Voces y el Agua: Diles que no me maten en Buenos Aires

26 ago
4 min de lectura

En otra fría noche porteña llego temprano al Centro Cultural Bula, en Villa Crespo. Es la primera vez que vengo acá y descubro que el escenario está en el subsuelo, al que se llega por unas escaleras algo empinadas y oscuras. Hoy es la segunda y última presentación en vivo de Diles que no me maten, la banda de Ciudad de México que estrena su cuarto álbum, Escrito en Agua.


Al descender inmediatamente me arrepiento de haberme puesto un buzo limpio porque este es uno de esos antros donde parece ser una condición implícita que al menos un 70 por ciento del público fume. La gente cumple obstinadamente el contrato y la espera ansiosa se desenvuelve entre cervezas y niebla.Primero Naima y después Hannie Schaft se encargan de abrir la jornada y sus shows me inflan de entusiasmo por la confirmación de dos grandes noticias: a) el sonido de este lugar es mucho mejor de lo que imaginaba mi prejuicio, y b) me voy con la certeza de desear volver a ver a ambas bandas argentinas, jóvenes que saben lo que buscan.



Para cuando arranca Diles, Bula ya está colmado y la expectativa general se palpa: esta es una de las bandas de rock alternativo del momento en Latinoamérica, y tanto Obrigaggi, de 2023, como Escrito en Agua, salido hace unos meses, son discos que transmiten que el quinteto está armando una obra cambiante que te deja ávido por su próximo paso.


Desde la parsimoniosa introducción de Tunuwame con la que abren el set, el grupo deja algo en claro: sabe cómo construir una atmósfera, un clima envolvente donde la química entre sus instrumentos te va tomando despacio. Veo el show sentado en una silla en el lado opuesto a la barra de tragos y cerquita del escenario. En mi campo visual tengo casi siempre presentes a Jonás, el frontman con el pelo teñido de un rubio casi blanco (que por su pinta me recuerda a Cole, cantante de DIIV, en sus inicios) y a Jerónimo, que alterna entre una guitarra verde y el clarinete.


Como tomado por un ímpetu insaciable, Jonás pasa de la armónica al saxo a la guitarra, de una canción a otra. Pero lo más llamativo no es que domine todos esos instrumentos, sino que están incorporados de una forma que parece natural, genuina, no como forma de mostrarle al otro “mirá todo lo que sé”. Con los ojos cerrados y el micrófono pegado a sus labios, alterna entre una forma de cantar suave y un estilo hablado, como si estuviese recitando un poema e imaginándose en la escena que pinta de forma minimalista, sin repartir adjetivos estrambóticos: “¿Qué sentido tiene si no me recuerdo? Un hoyo en el techo para ver la luz ¿Qué sentido tiene si no me recuerdo? Cuatro paredes y el cielo abierto. (…) Confío en el agua habitante de esta voz-” concluye luego en Perquisidor. En otros momentos, en cambio, su estilo recitado acelera, casi rapeando, como en Quién es Nosotros (de los primeros temas de la banda allá en 2020) donde sus versos se tiñen de cierta desesperación, trastabillando entre sí: “Pequeño paraíso en el momento / le estoy dando todo / al cielo y a la lodo / pedazos de nosotros / gotas hirvientes / impávidos ojos”. Quedándose cada vez con menos aire, el resto de la banda toca con creciente intensidad, los instrumentos tragándose el desahogo de las palabras, que se me hacen ininteligibles; me recuerda a Kendrick Lamar en Sing About Me, I’m Dying of Thirst, cuando rapea “I’ll never fade away! I’ll never fade away, I’ll never fade…” y su voz se va acallando hasta desvanecer.



Jonás parece ser de esas personas cuya búsqueda artística está atravesada por la literatura (al fin de cuentas, el nombre del grupo sale de un cuento de Juan Rulfo) y esta última canción definitivamente moviliza algo en todo el público. Suspiro… suspiro y concluyo que hay que aferrarse a la música y seguir. Entre los aplausos de la gente de repente sube de forma intempestiva un hombre al escenario y se acerca a darle un abrazo a Jonás que, sorprendido, se lo devuelve con convicción. “¡VIVA LA TERNURA!”, grita una chica, y el cantante, luego de una pequeña pausa, como recomponiéndose, dice entre risas: “perdón… me pusieron un poco nervioso”. El hombre, ya perdido entre los fans nuevamente, parece tomar esto como señal de que no fue bien recibida su acción osada, y denotando haber tomado entre 3 y 8 vasos de fernet, replica: “¡Fue sólo un abrazo, loco! Pero su probable borrachera, evidentemente, no llegó al punto de mermar su capacidad crítica, y reconociendo el dejo de hostilidad que se le escapó al atajarse, suelta finalmente un “¡Gracias!”.


“¡Y dale Diles, la puta que lo parió, y dale Diles, la puta que lo parió!”, comienza en otro momento un tipo e inmediatamente el resto toma coraje y se suma al cantito, eufóricos. Jonás y Jerónimo se matan de risa (imagino que los otros músicos también, pero no los veo) en parte por la alegría de ver a la gente tan compenetrada con el show, pero también por el contraste con la siguiente canción: Las noches que dormimos en sillas, con ese clarinete tan lúgubre. En Hiriku brillan Andrés en bajo y Raúl en batería propulsando aquel ritmo imparable, y hacia el final en No me, se luce Gerardo en la guitarra con un tono tan claro y lleno de belleza que queda dando vueltas en mi cerebro horas después.

María Negroni dice, en El Corazón del Daño, que “el compromiso salva de un destino gris”. ¿No puede ser acaso el compromiso con la música lo que logre eso, también? Las garras del tedio no anuncian su llegada, y, de vez en cuando, ver una banda así permite estar en guardia, volver a mover ese agua estancada, confiar en el agua habitante de esta voz, como confidenciaba Jonás…


Y así quedamos, entonces, anhelando que estos cinco artistas mexicanos vuelvan menos tarde que temprano y con ese contagio especial que puede generar el rock: una destrucción, una danza.


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